"LAS GRANDES FIGURAS DE LA NCAA SON DE RAZA BLANCA
blanco Adam Morrison, el diabético máximo anotador en Gonzaga de la División I de la NCAA: las grandes universidades estadounidenses. Es muy blanco J. J. Redick, la gran figura de Duke, elegido, como Morrison, para la selección estadounidense premundialista y preolímpica. Blanquísimo es Tyler Hansbrough, la revelación anotadora en la Universidad de North Carolina (UNC), la de Chapel Hill, Michael Jordan, James Worthy y Dean Smith.Junto al espléndido J. J. Redick, en Duke sólo hay seis jugadores afroamericanos, la tercera parte en la plantilla de 16 jugadores de los Blue Devils: los diablos azules de Cameron. "Si el que puede jugar, sale y juega tan bien como lo hacen Adam Morrison y Tyler Hansbrough, la raza no importa", reflexiona Redick. Tres de los titulares en la "manada de lobos" (Wolfpack) de North Carolina State son... blancos. Lo casi nunca visto. ¿Casi?De Texas a Wyoming.Sí, casi. Nunca digan nunca jamás. En 1966, Texas Western ganó el título de la NCAA con cinco blancos. Y 40 años después, en 2006, la Universidad de Wyoming State, en Casper, Wyoming, también División I, sale a la pista con... los cinco titulares blancos. "En Fresno State, uno de los árbitros nos dijo que cinco blancos juntos no son un equipo de baloncesto, sino una agencia de seguros", revela el pívot Chip Lovington III, uno de los titulares que alinea en Wyoming State el entrenador-jefe, Marlin Streeter.Los cinco blancos de Wyoming State son recibidos en muchas pistas de la NCAA con bromitas, pancartas irónicas y algunos escupitajos. ("De no ser blanco, Larry Bird sólo sería un buen jugador más", dijo Isiah Thomas en 1986).Pero los de Casper están entre los 45 mejores equipos de la Division I. Streeter reclutó a casi todos fuera de Wyoming. En la nevada Casper, el color negro es altamente infrecuente. "Me estaba quedando sin jugadores y ahora puedo decir que ya he vendido los derechos para una película", ironiza Streeter.En EE UU se ha alzado un debate nacional sobre Wyoming State, en cuyos partidos ya se dejan ver personalidades tan blanquísimas como Martha Stewart, famosa presentadora, o el cantante Pat Boone. Streeter reclutó en Minnesota al base Schuyler Olson. De Illinois extrajo a Chad Melman Jr. y Cheddar Smithson. "Por éxito que tenga la cultura del juego físico, nosotros queremos pasar el balón 10 veces en cada ataque", protestó Olson. Streeter le hizo caso, y Wyoming State ganó una decena de partidos en fila. "Luego se lo creyeron, y se llevaron una paliza ante Air Force", se queja el entrenador. Streeter ha de templar tensiones en el vestuario. Los reservas negros Wilson y Davis, que no querían vestir como los blancos, ni en la pista, ni fuera. Los blancos no quieren saltar, quieren meter canastas en bandeja. Los negros desean volar, rechazan las corbatas y desean escuchar los compacts de John Tesh, para lo que tienen vía libre, tras alguna discusión."Posiblemente el inicio de esta reacción, este "white power" (en contraposición
al "black power", de moda en las Olimpiadas de Mexico 70), viene provocado por el desmedido bombo que se ha dado en los últimos 20 años al baloncesto individual, al del uno contra uno, al del mate estratosférico, al del "in your face" (en tu cara, entendido con esto el desprecio al rival, el deseo de humillarle por encima de simplemente vencerle), a ritmo de hip hop, que dejaba al jugador blanco, habitualmente menos atlético, en desventaja.
Hablaba de este asunto con un socio americano (Darren Weiner)que me visitó durante la Copa del Rey y comentaba que la NBA hoy en día es más show que nunca. Los aficionados no van a ver a su equipo contra los Lakers, van a ver a Kobe como nos mete 60 puntos. Esperan que su jugador franquicia meta al menos 30 puntos y destroce el aro rival al menos 5 veces e hincharse a comer nachos, suficiente para pasar el rato. El resto importa poco. Y quedó impresionado cómo en la Copa miles de aficionados iban a animar a sus equipos, a verles ganar el título, y donde el MVP fue un base (Prigioni) que anotó únicamente 3 puntos en la final. Esto tiene poco que ver con el color de la piel de los jugadores, pero si con un estilo de juego enfocado al lucimiento del jugador franquicia por encima del equipo que la NBA ha potenciado en los últimos años.
Pero, claro, el es de Boston, y eso son palabras mayores. En los 80 el jugador
trabajador, intenso, de equipo, guerrero, ganador, se veía reflejado en los Celtics. Y ese era habitualmente de raza blanca, aunque hay ilustres excepciones. Para ellos era habitual la ceja partida y el tirarse al suelo a por la bola siete veces por partido, pero también el juego colectivo, hacer llegar el balón al hombre abierto para hacer el mejor tiro posible en cada posesión, el pase, el tiro exterior. El showtime, el glamour, los mates y Jack Nickolson eran para otros.
Un jugador amigo mío, de raza blanca, Paul Grant (que posteriormente tuvo una carrera discreta en la NBA, Minnesota, Milwaukee y Utah), hablando un día de racismo, me dejó helado con sus palabras: - ¿Racismo? Yo se mejor que nadie lo que es. Juego en la universidad de Boston College, somos diez negros y dos blancos. A Molinski (el otro balnco) y a mi no se nos permite escuchar otra cosa que hip hop en las sesiones de pesas, no se nos permite ver otras películas que no sean de Spike Lee, Singleton, o donde no aparezca Wil Smith, Denzel Washington o Jamie Foxx en los viajes. Nadie habla con nosotros en los vestuarios, nadie choca nuestras manos cuando anotamos. No se nos invita a sus fiestas. Los jugadores blancos de baloncesto aprendemos a convivir con esto.-
Películas como "Hoosiers" y últimamente "Coach Carter" han hecho crecer el estilo del viejo baloncesto en estos jóvenes blancos que no pueden saltar pero que terminan sus estudios universitarios, que no lucen tatuajes pero mueren por cada balón suelto, que no pueden meter 60 puntos en un partido pero saben pasar al compañero, que sobre ser máximo anotador prefieren ganar aunque no anoten un sólo punto, que imitan el juego al poste de Kevin McHale y no los vuelos de Vince Carter, y que respetan al entrenador por encima de su ego. Y como generalizar es siempre caer en el error, también un número significativo de jugadores negros se han apuntado a esta filosofía. Y si finalmente concediésemos al prototipo de jugador blanco ese estilo de juego, habría que nombrar con mayúsculas a Bird, Mc Hale y Stockton, pero también a Parish, Dennis Johnson y Karl Malone. Y sacar, pese a su color de piel, a Jason Williams de esa misma lista.
Tengo este año en España un jugador, Zach Morley (*en las fotos), que
lo fichó Gandía Basquet después de que su entrenador, Isma Cantó, viera un video de un partido donde hacía 0 puntos. ¡Un americano! Unos meses después, sin aparecer entre los jugadores más destacados en las estadísticas individuales, ha colocado a su equipo líder de la liga, ganando los diez últimos partidos, y haciendo de todo, anotando, reboteando, asistiendo, peleando cada balón, trabajando duro en cada entrenamiento y ejerciendo de líder. Tiene únicamente 22 años. He recibido en las últimas semanas no menos de ocho llamadas de entrenadores a los que ofrecí a Zach lamentándose de no haberlo fichado en su momento. Morley llegó procedente de Wisconsin, que con un quinteto de seniors (es decir, todos ellos terminaron sus estudios), llegó a las puertas de la Final Four simplemente jugando al baloncesto en equipo y trabajando más que nadie. Su look, claramente, recuerda el de los Knicks doble campeón de la NBA en los 70 con el gran Phil Jackson rebañando rebotes y dando cera, al del gran Peter Pistol Maravich, al de Jerry West, al de Rick Barry.
El movimiento es imparable, y para colmo los Celtics acaban de fichar a un madrileño blanco, guapo y tirador, Wally Szczerbiak. ¡Vuelve el baloncesto! Lástima que del viejo Boston Garden sólo queden los trozos de parquet y banquillos que se venden en las subastas de internet a precio de oro.
1 comentario:
Yo macho es que soy de Móstoles, y siempre donde he jugado era el que tenía la piel más oscura....y en los entrenamientos escuchábamos a los Maiden o Judas Priest, nada de jipjop, que para eso éramos jevis, troncoooo
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