Recuerdo que era el año 1980. El baloncesto no me llamaba especialmente la atención, y no creo que hubiera jugado más de seis veces en toda mi vida. Una tarde unos amigos me llevan a un bar de copas en la zona de Alonso Martínez, se llamaba "Rebote". El garito, bastante pequeño, tenía una zona al fondo con una pantalla gigante y seis o siete mesas con butacones. Parecía la típica zona "reservada" para parejas, pero al asomarme sólo vi tíos con los ojos fijos en la pantalla. Y allí, un partido de la NBA, Sixers contra Lakers. El dueño los conseguía de Estados Unidos no sé como y pasaba partidos todo el día. Nos sentamos a verlo. Un tipo, con el número 6, cogía el balón como si fuera un melocotón y volaba por encima de todos. Las metía de todos los colores, pero sobretodo, maltrataba el aro.Desde ese día en mi cabeza sólo cabía baloncesto, baloncesto y baloncesto. Raro era el fin de semana que no pasaba por allí a ver partidos, me informaba de la NBA en la revista "Sólo basket" e intentaba -sin mucho éxito- repetir lo que veía en esos videos durante horas y horas cada día.
Todo lo que he hecho en mi vida desde entonces, la razón por la que empecé a jugar al baloncesto, por la que lo sigo haciendo y por lo que me dedico a ello se lo debo a ese número 6, the Doctor J, Julius Erving.
Dicen los que saben que su forma de jugar supuso el paso al baloncesto moderno, el que se juega por encima del aro, y su juego, inspiración para jugadores como Jordan, Grant Hill o Kobe, que a su vez, en un efecto dominó, han inspirado a los grandes de la actualidad.
En 1997 tuve la oportunidad de chocar su mano durante la Final Four universitaria en Indianapolis cuando me lo presentó un socio mío. La misma mano que destrozó aros durante 20 años en la ABA y la NBA, que ganó concursos de mates, que lució un anillo de la NBA... Y si, esa mano es realmente grande.
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