martes, noviembre 22, 2005

Una banda que jugaba muy bien a baloncesto


Por Juan Manuel López Iturriaga

Supuestamente, detrás de un éxito como una medalla de plata olímpica (un hito en su momento y que la historia y la terrible sequía posterior ha ido engrandeciendo hasta el punto de que 20 años después todavía seguimos hablando de aquel verano del 84) se debe encerrar una historia tan grandiosa como la recompensa que finalmente alcanzamos. Una historia que hable de que en aquel mes de agosto se produjo una de esas conjunciones planetarias en las que se junta un gran equipo, una magnífica preparación, una concentración a prueba de bombas, un juego excelso y, finalmente, el éxtasis, el podio, la medalla y la gloria. Bien, pues este no fue el caso. Sé que puede sonar descorazonador para todos los amantes de la épica deportiva, pero salvo lo de gran equipo, del resto bien poco. Porque realmente éramos un gran EQUIPO de baloncesto, al que afortunadamente le llegaron aquellos juegos en un estado tal de madurez deportiva que nos permitió, sin una buena preparación, sin una buena concentración, sin llegar a jugar ni la mitad de bien que solíamos hacerlo (salvo medio tiempo ante los americanos y la segunda parte frente a los yugoslavos) y con Fernando Martín medio lesionado, tocar techo casi sin quererlo. Y digo casi sin quererlo porque fueron años de tal saturación de partidos que nos habíamos convertido en máquinas que saltábamos de competición en competición en cuestión de horas. Por ejemplo, en el primer día de concentración (bueno, concentración, lo que se dice concentración no fue, pues éramos un poco golfillos, pero eso es otra historia) Antonio nos reunió en una habitación a los del Barça y a los del Madrid. Motivo: 48 horas antes nos habíamos dado de hostias (perdón por la expresión, pero si aquello que me dio Davis no era un hostia, ya me diréis) y Antonio estaba preocupado por las repercusiones. La reunión duró unos 30 segundos. El tema estaba ya superado. Habíamos cambiado el chip con la misma facilidad que solíamos hacerlo siempre.
Desde aquel día hasta la final de los Juegos pasaron cuatro meses. Miles de entrenamientos, viajes, torneos amistosos, un Preolímpico y una gira de preparación demencial por Estados Unidos y México. Decir que llegamos pasaditos de vueltas a Los Ángeles es decir poco. Eran unos Juegos Olímpicos, pero creo que para nosotros se trataba simplemente de una competición más. Eran unos Juegos Olímpicos, pero teníamos mucho camino recorrido, veníamos de una concentración más larga que un programa de José Luis Moreno y estábamos de pelotita y canastita más que hartos. Por no hablar del desgaste que supone la convivencia y el tener de entrenador a Antonio Díaz-Miguel, sin duda uno de los artífices del éxito pero digamos que un poco "intenso" en su forma de vivir el baloncesto. Afortunadamente Antonio se dio cuenta (¿o le hicimos darse cuenta?) de que éramos un grupo maduro, que podíamos hacer un buen uso de nuestra libertad y que tenía que confiar en nosotros. En definitiva, que aflojase la cuerda.
Lo que ocurrió fue que si bien fuera del campo éramos una auténtica banda, cada uno de su padre y de su madre, con ideas muy diferentes sobre las cuestiones básicas de la vida, "ligeramente" amantes de la noche y sus tentaciones, dados al mus, la tertulia, el cachondeo, una buena cerveza fría, un pitillito de vez en cuando y sobre todo expertos en el noble arte de "achucillarnos" verbalmente unos a otros a la menor ocasión; cuando se trataba de jugar a baloncesto, cuando enfrente se ponía cualquier equipo dispuesto a amargarnos la noche, entonces se acababan las bromas y nos surgía la bestia que llevábamos dentro, una bestia que nos decía a todos que de perder nada. Que cinco chalados como aquellos (los rivales) no nos fastidiaban ni la partidita, ni la cerveza, ni el humor de Antonio, por cierto muy cambiante dependiendo del resultado.
El meollo de aquel equipo ganador por encima de todo se había formado cinco años atrás, y en el camino hasta California habíamos cubierto muchas etapas. Dos europeos, uno con medalla de plata, los Juegos de Moscú, donde nos quedamos a un palmo de pillar metal y un Mundial en Colombia donde además de bastante contacto con las nativas todavía hubo tiempo para bajarles los humos a los arrogantes estadounidenses, y si no ganamos el partido por el tercer y cuarto puesto fue porque aquellos árbitros dejaban a Mario Conde como aprendiz de chorizo. Llevábamos juntos el tiempo suficiente como para saber no sólo que Epi roncaba tan bien como tiraba a canasta, sino qué era capaz de hacer cada cual, a quién teníamos que acudir en cada momento, qué teclas debíamos tocar para que aquello sonase bien. Y perdón por la arrogancia, éramos listos, muy listos. Veíamos el baloncesto con una claridad meridiana, quizás la virtud que más se perdió en años posteriores. Quiero decir que sacamos muchos partidos adelante usando la cabeza mucho más que las piernas o los brazos. Incluso los pívots eran capaces en un momento dado de razonar convenientemente (Ya sabéis la teoría que a partir de los dos metros el tema neuronal se resiente, una teoría que, por cierto, a Fernando Martín le sacaba de quicio. Fernando, ¡cómo te echo de menos!)
Teníamos casi de todo. Una columna vertebral estelar (Corbalán, Epi y Fernando Martín) excelsos tiradores ("Matraco" Margall y Beirán) el base que mejor ha lanzado el contraataque (Solozábal), otro por si fallaba todo como el día de Yugoslavia (Llorente), el pívot que mejor ha corrido la pista de arriba-abajo (Jiménez), una pared de 2,13 (Romay), un superviviente de esas zonas de armarios de tres cuerpos (De la Cruz) y un fino estilista (Arcega). También estaba yo, personaje clave en esta historia y el que al final hacía que todo esto funcionase (esta opinión no tiene por qué ser compartida por el lector y desde luego seguro que no es compartida por los arriba citados)
Pero los detalles técnicos, cómo llegamos a subir al podio y todas las virtudes deportivas que reuníamos y que darían para un portal de Internet al completo, los dejo para los estudiosos. Además os aseguro que no me acuerdo de mucho de lo que ocurrió en la pista del Forum, salvo de las canastas que le metí a Jordan en su cara, que creo que fueron una o ninguna. Recuerdo que Bobby Knight era un capullo integral, nazi reconvertido en entrenador de baloncesto, que Jordan nos las metió de todos los colores, que Patrick Ewing tiene un cuello que lo volví a ver años después en Parque Jurásico y que Chris Mullin, que luego hizo gloriosa carrera en la NBA, no era ni mucho menos mejor que Epi. Jugamos con los chinos, que eran un guarros (deportivamente); con los uruguayos, que eran unos guarros (deportivamente); con Canadá, que eran unas cabezas cuadradas (deportivamente); con los EE. UU., a los que metimos el miedo en el cuerpo y así pudimos darnos cuenta de que el Jordan ese iba para figura, y con otro equipo que ya ni sé quién fue. Luego, cuartos con Australia, y la final contra la Yugoslavia de Petrovic, Dalipagic y alguno más. Sí, digo bien lo de la final porque allí se terminaron nuestros Juegos. El resto, final oficial incluida, ya no iba mucho con nosotros, que nos dedicamos a otros menesteres que habíamos aparcado desde nuestra llegada.
De lo que me acuerdo como si fuese ayer es de la banda. Unos cuantos españolitos de a pie a los que hoy, veinte años después, sigo echando de menos. Incluso al "Matraco". Muchas veces me preguntan si no añoro seguir jugando. Yo siempre digo que no, que me retiré en el momento justo. Pero lo que realmente echo en falta es aquel grupito estelar (también me ocurre con mis compañeros del Madrid, Biriukov, Rafita Rullán y algunos otros). Me gustaría volver atrás para vivir de nuevo nuestras reuniones en las que se trataba básicamente de poner a parir a Antonio (que tenía la culpa de todo, la tuviese o no), fumándonos unos Malboros en la habitación del "Abuelo" Arcega y el que escribe, y donde nos pillaron en más de una ocasión con unas humaredas dignas de "Blade Runner". Las cañitas después de entrenarnos; Manolito Padilla, delegado, chimenea humana y despertador más exacto que el meridiano de Greenwich; las interminables charlas de Antonio, las noches de Pachá, el humor de Juanito de la Cruz, lo cabrones que fueron todos al decirme que mi perilla me sentaba muy bien; la tremenda excursión por México, donde nos pegamos a puñetazo limpio con unos delincuentes que pasaron por jugadores de baloncesto, los chistes del Pitu Lluis, la casi imbatible pareja de mus que formaban Corbalán y Martín, el cachondeo en algunos entrenamientos, el clan de los maños (Arcega, Epi y Paquito Binaburo, un personaje que no se debería morir nunca); Llorente y sus suplementos dietéticos, la sesión de espiritismo que hicimos en Colombia, el viaje de vuelta a Madrid en un Jumbo de Iberia donde nos pasaron a primera y nos liquidamos todo el champán francés; el recibimiento en Barajas, los homenajes, la portada del "Marca" que titulaba "AVE HÉROES..." Eso sí se me ha quedado grabado y me lo llevaré a la tumba.
La medalla de plata fue grandiosa, pero en lo que realmente me considero un afortunado es en haber podido vivir una aventura humana apasionante donde, como ocurre en las "pelis" de Disney, hubo final feliz. Es normal, estábamos muy cerca de Hollywood. ¿Y la medalla? La tiene mi madre en su casa.

*NOTA: Este fue uno de los capítulos del serial "Memorias de plata" que se publicó en agosto de 2002 en Basketconfidencial.

1 comentario:

Dani Fnsk dijo...

Diossss!!! Que tiempos, mi viejo me despertó de madrugada y nos pegamos a la tele con ColaCao y galletas, para ver la semi y la final, yo con diez añitos, y ya fanático de la selección....(realmente soy fan de cualquier selección española del deporte que sea, petanca, bolos, tute arrastrao.....). Me acuerdo que en la final yo le decía a mi padre "...Papá, eso no vale, esos negros corren y saltan mucho, podían esperar a que se colocaran los nuestros..." y mi padre contestaba "sí, chaval, sí, se van a esperar..."

ESPAÑA, ESPAÑA, ESPAÑA!!!